Corrí, sentí la brisa en mi sienes y respiré profundo, como no lo hacía desde que era una nena. Libre, en estrecho abrazo con mi propio cuerpo. Sintiendo cada uno de mis músculos tensarse, el suelo debajo de las suelas de mis zapatillas. Sonreí, para adentro y para afuera, para hacerle saber al mundo que ahora soy, que ahora estoy después de tantos años.
Subí el volumen de los auriculares. Esta canción en particular soy yo. Sus altos, sus bajos, su intensidad, su constante inconstancia, sus precipitaciones y crescendos. Cambiante, dentro de su propia coherencia; sin perder su tono. Una sinfonía de contradicciones. Subí el volumen y seguí corriendo, cantando para mis adentros. Apreciando la reconciliación entre lo que ahora soy y el cuerpo que ahora tengo. Sintiéndome suertuda por alguna vez poder estar en paz conmigo misma en todos los sentidos de la palabra aunque fuera sólo por un instante. Siendo mía. En ese momento no había monstruos, ni expectativas. No había culpas, ni angustias. No había dudas, ni ambiciones. No había nada más que la música, el paisaje y yo.