sábado, 6 de junio de 2026

Welcome to the Grey Place

 So, hace veinte años entré en el gray place y fue un alivio. La mismísima existencia dolía cada día, mi mente me pedía parar, el corazón me dolía cada día físicamente. Se volvía pasita. Pero no pasita de la buena, pasita de la mala. Pasita de angustia. Era levantarme, estar angustiada, vivir angustiada e irme a dormir para volver a despertarme igual al día siguiente. Era seguir viviendo así, encontrar una salida o suicidarme. O volverme loca y después suicidarme. Pensé seriamente que me estaba volviendo loca en cierto momento. Llegué a pedirle a mi hermano que validara ciertas cosas que yo veía (o más bien, creía que veía) para saber si eran reales. Spoiler alert: no lo eran. Ahí busqué ayuda. Tengo historial en mi familia de gente que no lidia bien con la realidad y se inventa la suya propia. No sé cuál es el diagnóstico que tienen, solo sé que lo hacen. Y yo sentía que estaba yendo por el mismo camino. 

Ayudó, de cierta manera. Buscar ayuda, quiero decir. Dejé de sentir esa angustia diaria asfixiante. Solo que lo hice a través de la disociación. Puedo incluso ponerle fecha exacta al día que empecé a disociar porque lo escribí en un blog como este. Porque yo escribía. Hace muchos años, escribir era terapia. 

Resulta que para escribir hay que estar muy en contacto con las emociones y, cuando disociás, no hay emociones. Bueno, hay una sola: el enojo. Y es raro que logres sacar algo para escribir desde el enojo excepto puteadas así que mi escritura sufrió un parón de veinte años. Ahora, de a poco, las emociones van volviendo pero son como un torbellino, están por todos lados y la angustia vuelve multiplicada por veinte así que tengo que dosificarla. Sentirla ciertos días, en ciertos momentos, donde pueda manejarla. 

Hoy fue uno de esos días porque volví a ver The Good Place y el peso de la existencia humana me volvió a pegar como el camión que mató a Eleanor Shellstrop. La crisis de los cuarenta también viene haciendo de lo suyo estos días. No sé si hay gente que llegue a esta edad diciendo "damn, no hice nada con mi vida, qué desperdicio". Yo soy más bien del team "damn, viví como veinte vidas en una. Estoy cansada, jefe" pero el descanso nunca llega. Miro alrededor y no hay ni siquiera una puta sillita donde apoyar el culo aunque sea veinte minutos. Nada, niente, res. Y por supuesto, como las casualidades en mi vida casi no existen, elegí mirar esa serie que es un lobo disfrazado de cordero en este momento. Cherry on top. 

Eso, sin embargo, me sirvió para acordarme de algo. Me sirvió para acordarme que escribir era terapia y que puede volver a serlo. Que no necesito desarmar la madeja en este preciso instante sino que, por ahora, solo necesito purgar la cañería. Que llevamos milenios sin resolver los misterios de la existencia humana y no voy a ser yo quien los resuelva, ni quien salve a todas las almas de ir al Bad Place durante toda la eternidad. Que de momento tengo que intentar salir, pasito a pasito del Grey Place y con eso es suficiente. Que puedo pasarme este sábado llorando en la cama porque me siento infeliz y no ir al supermercado si lo necesito. Que me puedo permitir un día en el que existir sea muy, muy difícil y me agobien la angustia y el dolor acumulados de hace veinte años siempre y cuando pueda aceptarlos, procesarlos y dejarlos ir sin regodearme en ellos o volver a disociar. Y todo eso, absolutamente todo eso, me trajo de nuevo a esta hoja que ya no está en blanco. 

Hay miles de humanos, ahí afuera sintiendo lo mismo que yo en este momento. Hay incluso una humana, del otro lado de mi puerta que siente el peso de su existencia cada día y disocia como la mejor, sin ir más lejos. Y no es porque sea un consuelo que lo digo, no es reconfortante que otra persona esté pasando por una mierda similar a la que yo estoy pasando pero sí es reconfortante pensar que no estoy sola en esta mierda. Que si cruzo la puerta de mi casa y toco el timbre de la puerta de al lado, va a haber otra persona que me va a decir con acento colombiano "sí, es una mierda" porque también le está pasando. Porque, de alguna manera y por alguna razón, el universo te pone cerca a la gente necesaria en los momentos necesarios. Porque, por alguna razón la experiencia humana es individual pero colectiva al mismo tiempo. Porque no todos pasamos por exactamente las mismas mierdas pero todos sentimos las mismas mierdas en algún momento de nuestras vidas. Y tener con quién hablar de eso es lo reconfortante. 

Así que hoy voy a cerrar el día de self-wallowing in dispair dandole al botón de publicar y yendo a tocarle el timbre a la colombiana para ponernos hasta el culo de alcohol brindando por haber dejado atrás nuestras vidas de mierda en nuestros respectivos países y haber reencontrado una nueva familia, con costumbres raras, palabras diferentes pero mucha más empatía y amor del que dejamos atrás.


martes, 2 de junio de 2026

No sé qué escribir. No me sale nada. Este blog lleva dos años de creado y sus posts podría haberlos escrito ayer porque poco ha cambiado. Solo una cosa tal vez puedo decir que no es igual y es mi angustia. Ya no me da tregua, ya no me deja escaparme, ya no la puedo esquivar. Simplemente está. Llegó un día, se plantó y no quiso irse nunca más. Y acá estoy yo, pasando los días con una bola en la garganta, sin poder hablar con nadie y sin poder volver a esconderla porque no me deja. No me deja. Lo intenté de todas las maneras y sigue sin dejarme. Tendría que estar feliz ahora. Si le preguntás a cualquiera, estoy en la cúspide de mi vida. Nunca estuve tan linda, ni tuve mi carrera tan encaminada, ni viví en un lugar tan hermoso y, sin embargo... no lo puedo disfrutar. En algún momento, hace veinte años, se apagó un switch adentro mío y nunca más pude ser feliz. Nunca más. No sé lo que es la felicidad. Nunca lo supe. No sé si alguna vez lo sabré. 

La vida pesa. Pesa muchísimo. Hay algunos días en que pesa tanto que no quiero ni siquiera levantarme pero lo hago igual. Porque sino me levanto, nadie me va a ayudar. Nadie me va a decir "no, hoy descansá tranquila que yo me ocupo" porque nadie se ocupa. Nadie. Y es pesado vivir así. Sin que nadie se ocupe. Sin que nadie se preocupe. Sin poder pasarle el peso a otra persona por lo menos un par de días para descansar. Y necesito descansar. Necesito parar. Y lloro, y me angustio, y no puedo más pero sigo. Y ya no es por sobrevivir, ya no es porque es un valor para mí. Sigo porque si no sigo no sé qué va a ser de mí porque si paro, si paro sin que nadie me sostenga, tengo miedo de no poder arrancar nunca más. Porque... ¿qué pasa si yo suelto?¿quién me releva si yo no estoy? Se va todo a la puta. Y por ahí todo tiene que irse a la puta, por ahí yo tengo que soltar y todo lo que me llevó años construir tiene que desaparecer. Porque si soy solo yo la que está manteniendo todo en pie, entonces tal vez no debería estar en pie en primer lugar. Por ahí soy yo misma la que tiene que irse a la puta, por ahí soy yo misma la que tiene que frenar para no volver a arrancar. Por ahí necesito frenar para no volver a arrancar. Porque... ¿cuál es el problema de no volver a arrancar? No quiero frenar, pero necesito frenar porque necesito dejar de sostener lo que se cae por su propio peso. 

Y ahora quiero borrar todo esto porque es un vómito de palabras sin sentido. Porque es una madeja de hilos mezclados que no van a ningún lado pero vienen de todos. No tiene literatura, tiene incoherencias. Porque mi mente es una sucesión de desórdenes. Y yo sigo sin sentir otra cosa excepto angustia. Enojo y angustia. Pero el enojo no cuenta, porque ese sí que es lo único que siento hace décadas. La angustia no, esa es nueva. Tal vez deba aprender a hacerme amiga de mi angustia. Y tal vez sí tenía bastante para decir.  

Welcome to the Grey Place

 So, hace veinte años entré en el gray place y fue un alivio. La mismísima existencia dolía cada día, mi mente me pedía parar, el corazón me...